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Opinión

Netanyahu quiere la guerra y Trump busca salir del apuro

Netanyahu quiere la guerra y Trump busca salir del apuro

En las guerras, el problema no es lo que se dice, sino lo que el autor se ve obligado a negar más tarde. Esta no es solo una observación lingüística, sino una regla analítica que revela la naturaleza del poder cuando entra en un conflicto más allá de su capacidad para controlar sus desarrollos. En el caso actual, el comportamiento de Donald Trump y Benjamin Netanyahu solo puede entenderse a través de esta regla: la contradicción no es un defecto, sino un signo de una situación de apuros.

Cuando Trump anuncia que ha destruido la mayoría de las capacidades de Irán, y luego vuelve a exigir que el mundo proteja el Estrecho de Ormuz, no solo se está contradiciendo a sí mismo, sino que también revela los límites del poder que representa. Cuando el poder se ve obligado a exagerar sus logros, comienza a perder su capacidad de hacer cumplir los hechos comprometidos y empieza a producir narrativas para compensar esta pérdida. Pero esta es sólo la primera capa de la escena.

Entre dos proyectos que no se convergen

Lo que parece a primera vista una alianza coherente, dentro de ella se oculta una contradicción esencial. Netanyahu no está librando esta guerra como una herramienta de presión, sino como una opción estratégica a largo plazo. Para él, no tiene sentido detener la guerra antes de lograr un cambio estructural en el entorno regional, es decir, antes de debilitar a Irán en la medida en que redibuje el equilibrio de poder. Esto no es un detalle táctico, sino una visión completa: la guerra no es un medio, es el mismo camino.

En contraste, Trump entró en la guerra con una mentalidad completamente diferente. Es un tipo de tratos, no un hombre de guerras largas. Supuso que el golpe rápido produciría una nueva realidad política que puede ser explotada en la negociación. Pero lo que enfrentó no fue una rendición iraní, sino una redefinición del conflicto en sí.

Aquí es donde comienza la separación entre las dos posiciones: Netanyahu quiere que la guerra continúe porque aún no ha logrado sus objetivos, y Trump quiere terminarla porque no ha logrado lo que se prometió.

De la ilusión de la decisión a la realidad del desgaste

El error fundamental en los cálculos de Estados Unidos no fue solo en la evaluación del poder militar de Irán, sino también en la comprensión de la naturaleza del conflicto. Las guerras modernas, especialmente las guerras desiguales, no se resuelven con el primer ataque, sino que se gestionan con el tiempo.

Irán, contrariamente a lo que suponía el plan estadounidense, no entró en la guerra solo con la lógica de la defensa propia, sino también la lógica de gestionar un largo conflicto. El primer ataque fue absorbido, luego redistribuidos sus equipos, y gradualmente se movió para imponer una nueva ecuación: no es necesario ganar, es suficiente no rendirse ante sus condiciones.

Es esta transformación la que ha puesto a Washington en una situación precaria, porque cada día adicional de guerra no significa progreso hacia la meta trazada, sino más bien un deslizamiento más profundo en el desgaste.

La economía: El verdadero escenario de la guerra

En este tipo de guerra, los frentes militares no son decisivos, sino los frentes económicos. De aquí, la importancia del Estrecho de Ormuz no se muestra como una vía marítima, sino como una herramienta de control sobre el ritmo de la economía global.

Irán no ha cerrado el estrecho, porque entiende que un cierre completo es un acto hostil directo que exige una respuesta internacional amplia. Pero hizo lo que era más peligroso: se puso en posición de decidir quién puede pasar y quién no. Esta diferencia entre “cierre” y “control” es la diferencia entre el caos y la soberanía.

En este sentido, la alegación estadounidense de “asegurar el estrecho” es solo un reconocimiento indirecto de que el control efectivo no está en manos de Washington.

Pero la importancia del Estrecho de Ormuz no se limita al interrumpe del transporte marítimo o a la subida de los precios del petróleo, sino que se extiende más allá: remodelar las reglas de la economía global. Cuando Irán presenta la idea de que el petróleo pase por términos políticos, o incluso en monedas alternativas al dólar, no utiliza el estrecho como arma táctica, sino como una herramienta para redistribuir el poder en el sistema internacional.

En este momento, el conflicto está pasando de una confrontación militar a una lucha por la estructura del propio sistema económico, donde la cuestión ya no es quién controla los corredores, sino quién determina las reglas de su uso.

La crisis de la narrativa estadounidense

Las declaraciones sobre “la destrucción del 90% de las capacidades de Irán” no pretenden describir la realidad, sino gestionarla. Es un intento de contener el impacto del fracaso redefiniéndolo como un éxito. Pero este mecanismo tiene un problema fundamental: la realidad no desaparece porque no se menciona.

Cuando los misiles continúan lanzando, cuando la navegación se rompe, cuando los aliados dudan, la narrativa se convierte en una carga para su creador, porque se ve obligado a defenderla en lugar de usarla. Y eso es lo que vemos en el caso de Trump: una retórica creciente, empatada con una conducta que busca una salida.

Esta contradicción ya no se limita al análisis político, sino que se ha convertido en parte del discurso de los medios dentro de los propios Estados Unidos. Los informes de prensa de Estados Unidos indican que la administración estadounidense se sorprendió por la capacidad de Irán para interrumpir el ritmo de la economía global y ampliar el alcance de la confrontación más allá de las expectativas iniciales.

A medida que la guerra cumple un mes, la pregunta ya no es: ¿Cómo ganamos?, sino ¿Cómo salimos sin una pérdida clara? Este cambio en la naturaleza de las preguntas es en sí mismo una indicación de que el estancamiento ya no es una suposición, sino una realidad reconocida.

Aliados: El silencio revela más de lo que se dice

Uno de los indicadores más indicativos de la crisis es la posición de los aliados. El llamado a una coalición marítima no ha recibido la respuesta esperada, no porque los estados no tengan la capacidad, sino porque no están convencidos.

Los países europeos, que durante mucho tiempo han sido parte de las alianzas de Estados Unidos, están actuando con una prudencia sin precedentes. Asia evita el compromiso. Incluso los países que dependen de la seguridad de Washington prefieren permanecer en la posición de observador.

Esto no es neutralidad, sino una duda: una duda sobre los objetivos de la guerra, sobre la posibilidad de lograrla y su costo. Cuando la superpotencia pierde su capacidad de convencer a sus aliados, está empezando a perder uno de sus elementos más importantes de su fuerza.

Pero, lo que los recientes comentarios de Trump revelaron va más allá del “el silencio de los aliados” hasta un punto más intenso: la reprensión pública. Cuando el presidente de Estados Unidos ataca a sus socios y los acusa de inacción, no solo expresa enojo, sino también una comprensión tardía de que la coalición ya no opera de acuerdo con sus reglas tradicionales.

Los países que solían refugiarse en el paraguas estadounidense ya no están dispuestos a pagar por una guerra en la que no ven intereses directos. Declaraciones como “Gastamos billones de dólares en la OTAN” y “Cuando los necesitamos, no los encontramos” no son solo consignas electorales, sino un reconocimiento implícito de que el sistema de disuasión colectiva está empezando a erosionarse desde dentro.

La frase del ministro de Defensa alemán “Esta no es nuestra guerra” resume un cambio profundo en la visión de los aliados de los conflictos liderados por Washington. Ya no es un desacuerdo sobre los medios, sino sobre el mismo principio: ¿por qué estamos involucrados en una guerra que no fuimos parte de su decisión? Esta posición refleja no solo la disparidad política, sino una verdadera crisis de legitimidad, ya que Estados Unidos ya no puede presentar la guerra como una “causa común”.

Netanyahu: gestionar el peligro en vez de evitarlo

Por otro lado, Netanyahu se está moviendo dentro de una lógica completamente diferente. No ve la escalada como un peligro que se debe evitar, sino más bien una herramienta para usar. Cuanto más compleja es la guerra, mayores son las posibilidades de remodelar la región.

Esta visión se basa en la idea de que el caos no es el resultado de la guerra, sino un medio para ella. Pero esta lógica está chocando con los límites del poder estadounidense. Washington, a pesar de su fuerza, no puede permitirse el caos abierto sin pagar un precio interno y externo. Aquí surge la contradicción: la entidad sionista está presionando por una escalada, y Estados Unidos está tratando de controlarla.

En este contexto, la determinación de Netanyahu de continuar la guerra puede entenderse como parte de una visión más amplia basada en lo que podría llamarse “destrucción creativa”. La idea aquí no es solo debilitar al oponente, sino también desmantelar el entorno regional del que produce este oponente. Por lo tanto, el objetivo no es solo “disuadir a Irán”, sino remodelar la región de una manera que haga que cualquier amenaza futura sea menos probable. Pero este tipo de estrategia asume la capacidad de controlar el caos, una hipótesis que las experiencias pasadas han demostrado ser frágil.

La contradicción como estado estructural

Lo que estamos presenciando no es solo un desacuerdo entre dos aliados, sino una expresión de un desequilibrio más profundo en la estructura de la alianza misma. Cuando los objetivos son diferentes, la coordinación se vuelve imposible, incluso si la cooperación continúa.

Trump necesita un fin que se pueda comercializar internamente, y Netanyahu necesita una continuación que impida la declaración de fracaso. Este contraste hace que sea difícil producir una narrativa unificada, porque cada parte escribe su propia narrativa.

El discurso público más significativo es lo que se dice en los canales no anunciados. Los informes de Trump que busca comprometerse con Teherán a través de intermediarios revelan una profunda brecha entre lo que se está diciendo y lo que se está haciendo. En público, una escalada y una amenaza de “decisión en dos o tres semanas”, y en secreto, una búsqueda de una salida negociada. Esto no es tanto una contradicción personal como una expresión de una crisis estructural: cuando el poder no hace cumplir sus condiciones, comienza a buscar un acuerdo, pero no puede admitirlo sin un costo político interno.

Irán: Estrategia de “no perder”

En este panorama, Irán parece ser el partido más consistente de su estrategia. No busca una victoria tradicional, sino más bien impedir que su oponente alcance sus objetivos.

Este enfoque, que puede parecer defensivo, es de hecho ofensivo a un nivel más profundo, porque mueve el conflicto de una arena donde los Estados Unidos pueden sobresalir (los militares), a una arena que es difícil de controlar (economía, tiempo, geografía). En este sentido, la continuación de la guerra sirve a Irán tanto como perjudica a sus adversarios.

La ilusión del control

Una de las revelaciones más peligrosas de esta guerra es la ilusión de control. Los Estados Unidos, que solían dirigir conflictos lejos de su territorio, se encuentran ahora frente a un conflicto que no puede contenerse fácilmente.

La capacidad de atacar no significa la capacidad de control, y la superioridad militar no garantiza el logro de los objetivos políticos. Este hecho, que ha surgido en experimentos anteriores, está regresando más claramente hoy.

Esta erosión no se limita al exterior, sino que se extiende al interior estadounidense. Cuando un funcionario en un puesto sensible, como el director del Centro de Contraterrorismo, declara su incapacidad para apoyar la guerra y elige renunciar, no se lee como un evento administrativo marginal, sino más bien como un signo de división dentro de las instituciones estatales. Las guerras que pierden su consenso interno están perdiendo gradualmente su capacidad de sobrevivir, sin importar cuán poderosos sean.

¿A dónde va el conflicto?

A medida que la guerra continúa, las opciones disminuyen: La escalada conlleva el riesgo de expansión, la continuación significa desgaste y la retirada amenaza la credibilidad.

En este contexto, Trump parece estar buscando una salida, incluso si no se declara, mientras Netanyahu continúa presionando por un mayor compromiso. Aquí radica la paradoja: la coalición, que comenzó con el objetivo de cambiar el régimen en Irán, hoy se encuentra incapaz de ponerse de acuerdo sobre cómo poner fin a la guerra. Al final, la pregunta puede no ser quién gana, sino quién logra definir la victoria.

Si Irán continúa resistiendo, habrá logrado su objetivo. Si los Estados Unidos no pueden imponer sus condiciones, la declaración de victoria se convierte en un mero discurso. Netanyahu sigue atrapado entre un objetivo incumplido y una guerra que no puede terminar fácilmente.

La guerra pasa de un conflicto militar a un conflicto de significado. Cada partido trata de contar la historia a su manera, y convencer a su audiencia de que lo que sucedió era necesario y justificado. Pero, como muestra esta guerra, las narrativas no pueden reemplazar la realidad para siempre.

En un momento dado, la realidad se impone, y entonces la pregunta ya no es: ¿qué se ha dicho? sino ¿Qué pasó realmente? Esta es una pregunta que nadie puede posponer por mucho tiempo.

 

| 31/03/2026